¿Una decisión importante? ¿Era eso lo que en verdad le preocupaba...?
Su confusión se percibía a una distancia igual a aquella distancia que es capaz de separar, de manera definitiva, a un hijo de su madre. No era necesario conocer su historia o demandar una explicación, simplemente era algo que Javier exhalaba cada minuto, cada segundo, cada momento.
Javier no podía creer lo que estaba experimentando, mientras una ventisca corría por dentro de su mente, llevando recuerdos y pensamientos de aquí a allá. Lo único que pudo ver claramente fue aquella secuencia en la que se fue dando ese extraño suceso, lo cual, era su principal inquietud.
Javier se despertó, la mañana del 15 de Julio de 2011, confundido, atareado, extraño. ¿Qué había sido aquel sueño?, ¿Había sido un sueño o una pesadilla?. Solo recordaba que la noche anterior había disfrutado de un exquisito éxtasis culinario, después de haber tenido un duro día en el trabajo.
Aquel duro día consistió, principalmente, en tomar una decisión acertada que salvara la vida de su mejor amigo, Alberto. ¿Debía, Javier, saltar de la cuerda floja por ocultar el humillante crimen que su mejor amigo había cometido? No lo podía decidir, pues, también confiaba en la hablididad de su amigo de escabullirse de cualquier situación, incluso si fuera una que pusiera en riesgo su propia vida. Sin embargo, aquéllo era algo muy delicado y no podía quedarse con la intranquilidad de no haber salvado la vida de su mejor amigo. Cada minuto le parecía una vuelta al mundo. Sus temblorosos labios y sudoración incontrolable de manos no detendrían el tiempo, tenía que darle prisa a su decisión. En su cabeza yacía una fuente de pensamientos opuestos, los cuales le conducían a una encrucijada ética y moral. Si ocultaba lo de Albero, tarde o temprano saldría a flote y él mismo sería eliminado. Si no lo ocultaba, su amigo tenía menos de dos horas para huir del país, lo cual era imposible; por lo tanto, Alberto sería el eliminado.
Javier sentía cómo las miradas de los ocupantes del cuarto en que se encontraba penetraban sus ojos y golpeaban su sien a la intensa ansiedad por la espera de la respuesta de Javier. No podía soportarlo, tenía que hablar. Pidiendo, dentro de sí, perdón anticipado a su mejor amigo, declaró todo lo que le solicitaban.
Los hombres dentro de la habitación quedaron inertes al escuchar lo dicho por Javier. El silencio y la tensión podían ser tocados con las yemas de los dedos. Cinco minutos después, se escuchó una voz grave al fondo de la habitación diciendo: "Vayan a por él".
Y, Javier, solo podía recordar hasta aquel momento, el cual representaba suficiente martirio para él. No podía, ni quería recordar lo siguiente, ya que todo le guiaba a visualizar a su amigo en una muerte precedida por un intenso sufrimiento, al mismo tiempo que veía las veces(incontables) que Alberto había hecho algo por él.
Fue entonces cuando, al volver a casa, decidió cenar el platillo preferido de Alberto, haciéndolo en honor a él y en una manera de reivindicación, la cual no podría ser satisfecha de tal forma.
Cansado y satisfecho, se echó a dormir...
Su amigo estaba ahí, en su sueño, golpeado, moribundo, pidiéndole que hiciera algo por salvarlo. Asegurándole que todo volvería a la normalidad si reconsideraba las cosas y se echaba a buscarlo. De pronto, escuchó un penetrante y agudo grito que lo despertó. No había sido nadie gritando, solo su propio subconsciente llamándole a girtos. Abrió los ojos, tomó su reloj de mano que estaba sobre el buró y vio la hora: eran las 7:54 a.m., la hora en que había conocido a Alberto en un campamento escolar. ¿Era una señal? ¿Su amigo seguía con vida?.
Su día fue como los demás: levantarse, desayunar, ir al trabajo, regresar, comer, limpiar su casa y dormirse. Sin embargo, tenía que cargar y arrastrar con las pesadas láminas de culpabilidad que llevaba consigo.
La noche, no, no fue como las demás. Había sido similar a la anterior, pero, esta vez, su sueño fue más lúcido. Pudo ver claramente las heridas en el cuerpo de su amigo, quien ya no podía hablar por el intenso dolor. De nuevo el escalofriante grito le despertó a las 7:54 am. ¿Había sido una coincidencia? ¿O una sucesión de la noche anterior?
El día siguiente fue igual, hasta que llegó la noche. Javier no sabía si dormir o no, no quería ver sufrir a su amigo, con martirizarse a diario pensando en su amigo era suficiente. Bebió tres tazas de café, permaneció despierto hasta las 5:00 am. La hora de dormir no había cambiado nada, pues volvió a soñar con su amigo. Esta ocasión, su amigo se convulsionaba de dolor, con un número telefónico que Javier debía discar para contactarle. De nuevo, el grito le despertó.
Helado de miedo, tomó su reloj que marcaba las 7:54 am y trató de olvidar su sueño. Recordaba a detalle su sueño, así como el número telefónico que debía discar. Pero, no hizo nada.
Ese día recibió a la puerta una carta de Alberto, temerosamente, la tomó frenéticamente entre sus manos y desgarró el sobre para leer su contenido. Alberto le decía en la carta que había logrado escapar ileso, pero le pedía el favor de marcar al número que aparecía en la portada del periódico de ese día, para obtener la autorización de un futuro "asunto", sin especificar la naturaleza de éste.
Javier sintió una tranquilidad inmensa al saber que su amigo estaba bien. Se dirigió a la tienda de enfrente para comprar el ejemplar de periódico del día y poder cumplir el favor que su amigo le solicitaba en la carta. Al comprarlo y ver su portada, su asombro fue tal, que comenzó a temblar. La portada mostraba la foto de un hombre moribundo y, al fondo de la imagen, en la pared, un número telefónico, el mismo que había visto en su sueño.
Aterrorizado, decidió volver a su casa,no ir a trabajar y permanecer ahí.
Eso hizo.
Cuando llegó la noche, cayó dormido, soñando una vez más con su amigo suplicándole que marcara al número de la pared, pero diciéndole que era la última oportunidad que tenía. El mismo grito le despertó a las 7:54 am. Despertó sudando y con la respiración agitada, recordó lo sucedido y entró en pánico.
Cruzó la calle, para llegar a la tienda donde vendían el periódico. Compró un tomo. Vio la imagen, que se repetía de nuevo. Pero, esta vez, era la cara de su amigo muerto. Javier sintió un fuerte dolor en el pecho, cayó al suelo y murió de un ataque al corazón.
Abrió los ojos, y, se pudo ver a él mismo, tendido en el suelo, suplicándole a Alberto que marcara el número que estaba escrito en la pared. Alberto intentó, pero el número estaba difuminado por los inútiles esfuerzos de Javier de mantenerse en pie. Y ahí quedó atrapado Javier, en un renacer intermitente que solo se daba en la madrugada, en la mente del vivo Alberto.
La cobardía de Javier le condujo a su propia muerte, todo por delatar a su amigo de algo que no había cometido, pero que, a juicio de Javier, sí lo había hecho. Poco a poco, Javier se desvaneció de la mente de Alberto...
Thursday, 1 December 2011
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