Thursday, 1 December 2011

Punto de ebullición

¿Una decisión importante? ¿Era eso lo que en verdad le preocupaba...?

Su confusión se percibía a una distancia igual a aquella distancia que es capaz de separar, de manera definitiva, a un hijo de su madre. No era necesario conocer su historia o demandar una explicación, simplemente era algo que Javier exhalaba cada minuto, cada segundo, cada momento.

Javier no podía creer lo que estaba experimentando, mientras una ventisca corría por dentro de su mente, llevando recuerdos y pensamientos de aquí a allá. Lo único que pudo ver claramente fue aquella secuencia en la que se fue dando ese extraño suceso, lo cual, era su principal inquietud.

Javier se despertó, la mañana del 15 de Julio de 2011, confundido, atareado, extraño. ¿Qué había sido aquel sueño?, ¿Había sido un sueño o una pesadilla?. Solo recordaba que la noche anterior había disfrutado de un exquisito éxtasis culinario, después de haber tenido un duro día en el trabajo.

Aquel duro día consistió, principalmente, en tomar una decisión acertada que salvara la vida de su mejor amigo, Alberto. ¿Debía, Javier, saltar de la cuerda floja por ocultar el humillante crimen que su mejor amigo había cometido? No lo podía decidir, pues, también confiaba en la hablididad de su amigo de escabullirse de cualquier situación, incluso si fuera una que pusiera en riesgo su propia vida. Sin embargo, aquéllo era algo muy delicado y no podía quedarse con la intranquilidad de no haber salvado la vida de su mejor amigo. Cada minuto le parecía una vuelta al mundo. Sus temblorosos labios y sudoración incontrolable de manos no detendrían el tiempo, tenía que darle prisa a su decisión. En su cabeza yacía una fuente de pensamientos opuestos, los cuales le conducían a una encrucijada ética y moral. Si ocultaba lo de Albero, tarde o temprano saldría a flote y él mismo sería eliminado. Si no lo ocultaba, su amigo tenía menos de dos horas para huir del país, lo cual era imposible; por lo tanto, Alberto sería el eliminado.

Javier sentía cómo las miradas de los ocupantes del cuarto en que se encontraba penetraban sus ojos y golpeaban su sien a la intensa ansiedad por la espera de la respuesta de Javier. No podía soportarlo, tenía que hablar. Pidiendo, dentro de sí, perdón anticipado a su mejor amigo, declaró todo lo que le solicitaban.

Los hombres dentro de la habitación quedaron inertes al escuchar lo dicho por Javier. El silencio y la tensión podían ser tocados con las yemas de los dedos. Cinco minutos después, se escuchó una voz grave al fondo de la habitación diciendo: "Vayan a por él".

Y, Javier, solo podía recordar hasta aquel momento, el cual representaba suficiente martirio para él. No podía, ni quería recordar lo siguiente, ya que todo le guiaba a visualizar a su amigo en una muerte precedida por un intenso sufrimiento, al mismo tiempo que veía las veces(incontables) que Alberto había hecho algo por él.

Fue entonces cuando, al volver a casa, decidió cenar el platillo preferido de Alberto, haciéndolo en honor a él y en una manera de reivindicación, la cual no podría ser satisfecha de tal forma.

Cansado y satisfecho, se echó a dormir...

Su amigo estaba ahí, en su sueño, golpeado, moribundo, pidiéndole que hiciera algo por salvarlo. Asegurándole que todo volvería a la normalidad si reconsideraba las cosas y se echaba a buscarlo. De pronto, escuchó un penetrante y agudo grito que lo despertó. No había sido nadie gritando, solo su propio subconsciente llamándole a girtos. Abrió los ojos, tomó su reloj de mano que estaba sobre el buró y vio la hora: eran las 7:54 a.m., la hora en que había conocido a Alberto en un campamento escolar. ¿Era una señal? ¿Su amigo seguía con vida?.

Su día fue como los demás: levantarse, desayunar, ir al trabajo, regresar, comer, limpiar su casa y dormirse. Sin embargo, tenía que cargar y arrastrar con las pesadas láminas de culpabilidad que llevaba consigo.

La noche, no, no fue como las demás. Había sido similar a la anterior, pero, esta vez, su sueño fue más lúcido. Pudo ver claramente las heridas en el cuerpo de su amigo, quien ya no podía hablar por el intenso dolor. De nuevo el escalofriante grito le despertó a las 7:54 am. ¿Había sido una coincidencia? ¿O una sucesión de la noche anterior?

El día siguiente fue igual, hasta que llegó la noche. Javier no sabía si dormir o no, no quería ver sufrir a su amigo, con martirizarse a diario pensando en su amigo era suficiente. Bebió tres tazas de café, permaneció despierto hasta las 5:00 am. La hora de dormir no había cambiado nada, pues volvió a soñar con su amigo. Esta ocasión, su amigo se convulsionaba de dolor, con un número telefónico que Javier debía discar para contactarle. De nuevo, el grito le despertó.

Helado de miedo, tomó su reloj que marcaba las 7:54 am y trató de olvidar su sueño. Recordaba a detalle su sueño, así como el número telefónico que debía discar. Pero, no hizo nada.

Ese día recibió a la puerta una carta de Alberto, temerosamente, la tomó frenéticamente entre sus manos y desgarró el sobre para leer su contenido. Alberto le decía en la carta que había logrado escapar ileso, pero le pedía el favor de marcar al número que aparecía en la portada del periódico de ese día, para obtener la autorización de un futuro "asunto", sin especificar la naturaleza de éste.

Javier sintió una tranquilidad inmensa al saber que su amigo estaba bien. Se dirigió a la tienda de enfrente para comprar el ejemplar de periódico del día y poder cumplir el favor que su amigo le solicitaba en la carta. Al comprarlo y ver su portada, su asombro fue tal, que comenzó a temblar. La portada mostraba la foto de un hombre moribundo y, al fondo de la imagen, en la pared, un número telefónico, el mismo que había visto en su sueño.

Aterrorizado, decidió volver a su casa,no ir a trabajar y permanecer ahí.

Eso hizo.

Cuando llegó la noche, cayó dormido, soñando una vez más con su amigo suplicándole que marcara al número de la pared, pero diciéndole que era la última oportunidad que tenía. El mismo grito le despertó a las 7:54 am. Despertó sudando y con la respiración agitada, recordó lo sucedido y entró en pánico.

Cruzó la calle, para llegar a la tienda donde vendían el periódico. Compró un tomo. Vio la imagen, que se repetía de nuevo. Pero, esta vez, era la cara de su amigo muerto. Javier sintió un fuerte dolor en el pecho, cayó al suelo y murió de un ataque al corazón.

Abrió los ojos, y, se pudo ver a él mismo, tendido en el suelo, suplicándole a Alberto que marcara el número que estaba escrito en la pared. Alberto intentó, pero el número estaba difuminado por los inútiles esfuerzos de Javier de mantenerse en pie. Y ahí quedó atrapado Javier, en un renacer intermitente que solo se daba en la madrugada, en la mente del vivo Alberto.

La cobardía de Javier le condujo a su propia muerte, todo por delatar a su amigo de algo que no había cometido, pero que, a juicio de Javier, sí lo había hecho. Poco a poco, Javier se desvaneció de la mente de Alberto...

Sunday, 8 May 2011

Al pie de la letra


Una increíble tranquilidad inundaba la habitación mientras ella tomaba su rutinario descanso matutino, acompañado de su café negro y una serie de cigarros que complementaban su fuerte sabor. Intentaba poner su cabeza en orden para organizar su día que, según ella, sería como todos los demás: limpiar en la mañana, tomar su descanso, echarse a ver la televisión, hacer comida para su esposo, comer con él, ver telenovelas y, finalmente, leer. Pero en su cabeza solo vagaban las letras que había leído la noche anterior, aquel mar interminable de palabras que relataban, describían, engrandecían. Quería descubrir el final del interesante libro que estaba por terminar.

Escuchó un ruido en la puerta principal, su esposo había llegado, venía de cobrarles a sus deudores. No soportaba escuchar el fuerte tono de voz de su esposo cuando ella se encontraba navegando en el infinito de su mente. Se dirigió a la cocina para recibirlo.

-¡Ya llegué, Sara!- gritó Javier, acercándose. Ya en tono normal - ¿Qué va a haber de comer?

Ella en realidad se llamaba Renata, pero una vez tuvieron un problema marital muy fuerte y, desde entonces, Javier dijo que la llamaría del modo que a él le apeteciera.

-Carne de puerco con chile colorado- respondió Renata con tono de coraje reprimido.

Javier hizo un ademán de asentimiento, dio una ojeada al patio trasero, tomó el periódico, que estaba sobre la mesa, y se dirigió a su cuarto a leer las noticias. Renata siguió fantaseando sobre su libro mientras veía, a través de la ventana, cómo el viento acariciaba las hojas de los sauces de aquel tranquilo y templado mediodía.

Unos suaves golpes se escucharon en la puerta principal, pero no eran los acostumbrados golpeteos de los deudores que casi la derrumban, Renata volvió de nuevo de su fantasía y resultó algo intrigada por los discretos llamados a la puerta. No podrían ser su hija Leticia y su nieto Alberto que venían de la ciudad, ya que, ella siempre le avisaba unos días antes de ir a visitarle. Pensó que podría ser algún foráneo preguntando por una persona del pueblo o su desesperante vecina que siempre necesitaba “un vasito de agua”. Sin embargo, al llegar a la puerta, miró a través del vitral y se encontró con Leticia y Alberto. Emocionada, Renata, olvidó el coraje que le había dado con Javier, aún sin abrir, se volvió con él y le avisó que ahí estaba su hija. Fueron juntos hacia la puerta y abrieron.

Recibieron a Leticia y al pequeño Alberto con mucha emoción, abrazándolos fuertemente y notando el rápido crecimiento del infante de 7 años. Les dieron el pase. Recorrieron el pasillo, entraron por la segunda puerta a la izquierda, cruzaron la sala y se instalaron en la cocina. De ahí en adelante, todo fue un vaivén de preguntas y respuestas para que Javier y Renata se enteraran de las nuevas que traía Leticia de la ciudad, y viceversa.

Al paso de treinta minutos, se acercaba la hora de comida y, como de costumbre, Renata se dispuso a hacer comida para su esposo y los recién llegados.

-¡Que quede picoso el chile colorado, Sara!- remarcó Javier.

-¿Ahora se llama Sara, papá?- preguntó Leticia.

-Así es, mija- contestó.

-¡Válgame! Yo me había quedado en Adriana…

Mientras la comida estaba lista, Javier le comentaba a su hija Leticia sobre lo que él hacía, prestar dinero, además de regaños masivos. Por otro lado, Renata le preguntaba a su nieto Alberto acerca de su escuela, sus amigos.

Cuando la comida estuvo a punto, Renata puso la mesa y sirvió el suculento puerco con chile colorado, acompañado de su respectiva Coca –Cola. El momento fue ameno, y la sobremesa aún más. Todos tomaron una siesta después de la comida.

Javier despertó e invitó a su hija a que lo acompañara a cobrarles a sus deudores, ella aceptó y dejaron a Alberto con Renata.

Renata veía la televisión mientras, supuestamente, Alberto dormía. De momento, pudo escuchar los pasos de su nieto acercándose a donde ella estaba.

-¡Hola, Beto! ¿Dormiste a gusto?
-Sí, gracias, abuelita.
-Ven, siéntate en ese sillón, para que veas tú también la tele.
-Está bien- obedientemente, siguió las órdenes de su abuela y se sentó, teniendo una gran duda dentro de sí.
-Abuelita, ¿Por qué fumas?
-¿Qué?- preguntó, para confirmar que lo que creyó escuchar era lo correcto.
-¿Por qué fumas?- repitió, aferrándose a su duda.
-Porque, a veces, los adultos nos sentimos tensos y buscamos maneras de relajar la tensión, pero es algo que no deben hacer los niños bonitos como tú- contestó, sintiéndose dueña de la situación y pensando que con eso resolvería todas las dudas del niño.
-Pero yo no veo que mi mamá fume, abuelita. ¿Quiere decir que ella no se estresa?- preguntó Alberto.
-No, sí se estresa, pero ella utiliza otras formas para liberar su tensión. Ultimadamente, usted está muy chiquito para andarse preocupando por esas cosas, vea la tele.
-¿Qué otras formas usa mi abuelito para liberar su tensión?- insistía Alberto con las preguntas, no tomando en cuenta la respuesta de su abuelita.
-Tu abuelito acostumbra ir a su rancho cuando se pone tenso.
-Y, ¿Por qué no vas tú con él, abuelita?- preguntó Alberto.

Y así, las preguntas de Alberto parecían no tener fin, pero su abuelita recordaba lo que había leído la noche anterior en su libro. Aquello hacía alusión a una situación similar, donde las preguntas de un niño eran, finalmente, satisfechas con dinero para que el niño fuera a la tienda de la esquina y se entretuviera en algo. Renata tenía la costumbre de aplicar, en su propia vida, lo que leía en sus libros, siempre y cuando tuvieran resultados favorables en aquellas “sabias” historias. Ella lo seguía al pie de la letra.

Lo que había visto en el océano de palabras se refería a que el niño iba a reaccionar muy positivamente al recibir el dinero y, en el camino a la tienda, iba a olvidar su pregunta. Por lo que, decidió imitar la acción al pie de la letra una vez que se hubo cansado de las preguntas de su nieto.

A la décimo quinta pregunta, tomó su monedero, sacó tres monedas de dos pesos y mandó a su nieto a la tienda para que comprara lo que quisiera. Alberto tomó el dinero, se lo guardó en el bolsillo, formuló otras doce preguntas, -a las cuales Renata contestó de muy buena manera- se entretuvo viendo la televisión otro rato, hasta que se le antojó un dulce. Fue a la tienda, compró su dulce, volvió a la casa y comenzó de nuevo con las preguntas.

Esta vez, Renata no soportó más que dos preguntas, y se hartó. Confundida, no estaba segura de qué hacer, ya que su “truco” del dulce no había funcionado y no se acordaba de alguna otra solución propuesta en su valioso libro. Su estrés subió de tono al escuchar a su nieto formularle la tercera pregunta por segunda vez, a lo que ella preguntó:

-¿Nunca te callas, o qué?- explotó.

Alberto quedó decepcionado por tal reacción, tomó su dulce, se fue al patio trasero y se puso a jugar con una pelota que estaba ahí, no volvió a molestar a su abuelita en lo que quedaba de ese día, ni a hacerle ninguna pregunta innecesaria. Su abuelita extrañó sus preguntas.

Cuando cayó la noche, Renata tomó su libro y se dispuso a terminarlo. Una vez que hubo llegado al desenlace, también leyó la acción final del niño de la historia, el cual simplemente iba a la tienda, llegaba a la casa, se comía su dulce, le decía a su abuela lo grandiosa que era y se iba a jugar. Renata se percató de lo diferente que era un libro de la vida real, y de que cada persona tiene su propia forma de reaccionar y se prometió a sí misma no meterse tanto en las historias de sus libros. Cerró aquel libro al terminar la última página y lo guardó en su estante. Tomó y comenzó un nuevo libro…

Sunday, 20 February 2011

Ciego, sordo y cuerdo. Pero habla como loco.


...divagaba mentalmente ese día, como todos los demás, mientras esperaba a que el día tan anhelado de la entrevista arribara. El filtro que se encuentra entre el cerebro y la boca se le había roto muchos años atrás en un accidente verbal del cual nunca pudo salir con éxito. Siempre representaba un motivo de frustración para él no haber conseguido superarlo. Ese era su pretexto para divagar, pues el accidente le impedía llegar siempre al punto, teniendo que rodear una y otra vez para poder darse a entender.

Además, con el tiempo perdió el oido y la vista. El oido lo perdió un día que lo sobresaturó, le dijeron diez palabras y él intentó interpretar mil, así que su oido explotó. Algo parecido sucedió con su vista cuando sus ojos prejuiciosos "viboreaban" a una persona mal vestida, éstos saltaron de sus cuencas para poder ver a detalle a tal esperpento, pero no contaba con que el suelo estaba lleno de veneno que habían tirado sus colmillos mientras "viboreaba" a su presa, y con su propio veneno quedó ciego. No conforme con esto, dejó de hablar desde aquel momento, ya que no le apetecía hablar y no escucharse. Su mayor anhelo era recuperar su oido, para poder escucharse mientras hablaba:

-Me gustaría tener una segunda oportunidad, poder volver a ver y escuchar- Pensó Javier...

A la semana siguiente Javier despertó, aún sin abrir los párpados, se levantó y se dispuso a tomar un baño porque el día de su entrevista había llegado. Pero, al abrir la puerta de su cuarto que no tenía ninguna ventana, escuchó la perilla girar, así como la luz que se posaba en sus ojos. Abrió los párpados y pudo ver todo lo que se encontraba a su alrededor. Tanta fue su emoción que no quiso desperdiciar ni una sola palabra, ni escuchar demás, así que actuó como si sus deficiencias estuvieran aún presentes.

No habló en toda la mañana hasta que llegó la hora de su entrevista laboral:

-Buenas tardes señor Perea, estoy listo para la entrevista.- dijo Javier.
-Buenas tardes, muy bien, adelante.
-Gracias.- contestó Javier, haciendo un ademán que indicaba el camino hacia la oficina del señor Perea.
-Enhorabuena! Veo que ha recuperado su vista, su voz y su oido, Javier! No sabe cuánto me alegra!
-Así es.
-Bien, pase a mi oficina para comenzar la entrevista.

Una vez dentro de la oficina del señor Perea, Javier nota que, reposaba colgada en el muro principal una camisa rosa de cuadritos con adornos dorados. Los ojos de Javier casi saltan de sus cuencas, y sus colmillos excretaban veneno incesablemente, afortunadamente Javier tenía su boca cerrada. La entrevista iniciaba su curso.

-Tiene experiencia en ordenar piezas de ropa? - preguntó el señor Perea.
-Sí, antes de perder mis sentidos, solía ordenar la ropa de la tienda de mi mamá.
-Quiere decir que la última vez que lo hizo fue de niño?

Los oidos de Javier comenzaron a escuchar demás, empezaba a bloquearse, pero logró contolarse la primera vez:

-De niño me dijo usted? De niño nunca tuve problemas para doblar ropa, ni para acomodarla. Ahh! su pregunta fue que si la última vez que lo hice fue de niño? Sí, fue de niño.- Divagaba ligeramente Javier.
-Estaría dispuesto a acomodar la ropa en el turno de la mañana, señor Javier?

Ahora los ojos de Javier tenían control sobre él, apuntándose siempre hacia la horrible camisa rosa, con un pie fuera de sus cuencas, listos para saltar. Sus oidos seguían sobresaturándose, escuchando mil palabras por segundo cuando se le decían tres, un ritmo nunca antes alcanzado, divagaba intensamente.

-Dispuesto? Sí, completamente. A acomodar? Eso nunca me fue mencionado! yo vine a trabajar con la ropa, y resulta que usted quiere que acomode. Qué me va a poner a acomodar? Libros? Revistas? Así con mentiras yo no trabajo, y menos en la mañana que me cuesta tanto levantarme. Sabe qué? Su camisa rosa con verde es horrible, no sé ni para qué vine...

Se escuchó un pequeño estallido dentro del cuerpo de Javier. Sus cuerdas vocales tronaron y sus ojos quedaron bizcos, Javier había colapsado al intentar controlar sus sentidos. Intentó pronunciar una palabra, pero ningún esfuerzo era suficiente para que alguna nota saliera de su boca. El señor Perea notó que Javier no podía hablar más y sintió alivio.

-Bien, le agradezco mucho que haya asistido a esta entrevista. Le invito a mi oficina cuando tenga la habilidad de escuchar. Cuando me dijo que sí, el puesto era suyo, sin embargo, habló demás y cambié mi opinión. Le deseo muy buena tarde.

Recuperó su vista y oido, pero perdió su voz. Se dio cuenta que tenía que arreglar el problema del filtro antes de asistir a la entrvista (o de, incluso, poder hablar)... Muy tarde.

Wednesday, 2 February 2011

Funeral de Cojein

La noche acobijaba al sujeto "X" mientras éste reemplazaba el foco ahorrador de luz blanca por un ahorrador de luz "cálida". Cuando hubo terminado, "X" entró de nuevo a su casa, subió por las escaleras, entró a su cuarto y en ese momento, notó que en su móvil había cinco llamadas perdidas del número de "Y", su mejor amigo. Puesto que "X" no contaba con servicio en su móvil, tomó el teléfono de su casa y se comunicó con "Y" para preguntarle qué se le ofrecía.

-Que rollo - le saludó "X".
-Qué hay? - contestó "Y".
-Qué necesitabas, o qué?
-Eh, necesito que me acompañes.
-A dónde?
-A un funeral.
-De quién?
-De Cojein.
-En Mausoleos?
-No, en el Costeñito (restaurante de mariscos).
-Un funeral en el Costeñito? Eso no puede ser - contestó "X" en tono burlón.
-Simon, tú cámbiate y vístete bien - respondió "Y"
-No seas mentiroso, no te creo.
-Sí es cierto, tú cámbiate que en cinco minutos estoy en tu casa.

Eran las 21:30 aproximadamente cuando "Y", acompañado por "Z", llegó a casa de "X" para que le acompañara al Costeñito. "X" se subió al automóvil de "Y" y saludó a "Z", luego lo siguiente se repitió a lo largo de todo el camino entre la casa de "X" y el Costeñito, que está a 5km de casa de "X", aproximadamente:

-Conozco a Cojein? - preguntaba "X"
-Simon, sí lo conoces, lo conociste en casa de "Z" - le contestaba "Y"

Mientras "Y" y "Z" discutían con "X", éste recordaba que "Z" tenía un perro cojo (sin una pata) al cual le decían Cojein, por lo que, asumía que era una broma y no estaba dispuesto a creerles ni a "Y" ni a "Z". Sin embargo, "X" prefirió no mencionar nada sobre el perro, ya que, no quería decir algo que no fuera conveniente para la situación en caso de que el tal "Cojein" fuera una persona real, y con la cual la estuviese comparando "X" (hecho que resultaría bastante inapropiado).

Hasta que, casi a punto de llegar, "Y" y "Z" le dicen a "Z":

-Neta te tienes que tomar esto en serio, "X", nada de estarte riendo.
-Sí, no hay problema - contestó "X", cambiando su postura burlona hacia lo que "Y" y "Z" le decían, y tomando todo con suma seriedad.

Se bajan del carro los tres sujetos, y se dirigen directamente hacia el Costeñito. Abren la puerta del restaurante, y en ese preciso instante danzaban vagos pensamientos de "X" en un vaivén de preguntas y respuestas:

-Dónde estará el ataúd?, Por qué todos tan felices?, tengo que mantenerme callado, quién será el tal Cojein?, si me río voy a quedar mal...

No obstante, "X" no pudo contener su risa de incredulidad e iba riendo conforme iba caminando, tratando de controlarse. Cada vez que "X" reía, "Y" volteaba hacía él diciéndole:

-Qué traes wey?
-Nada... Dónde está el ataúd? - preguntó "X"
-Ahí, qué no lo ves? - respondió "Y"
-No, dónde?
-No te rías, tienes que guardar respeto.

Pero aquella escena resultaba muy normal para "X", quien no encontraba a ninguna persona triste, ni tampoco el ataúd, ni coronas(solo las del bar), ni al tan mencionado "Cojein". Entonces fue cuando "X" logró encontrar a la novia de "Y" junto con sus amigos.

-Wey, no hay ningún Cojein, estás hecho garras... Sí te la creíste? - Dirigiéndose "Y" a "X".
-Simon, cállate ya - respondió "X" riendo.
-Cojein era el perro cojo de "Z" - le aclaró "Y"...



Notas:

Sí, desgraciadamente esta es una historia real, y, peor aún... EL SUJETO "X" SOY YO...