...divagaba mentalmente ese día, como todos los demás, mientras esperaba a que el día tan anhelado de la entrevista arribara. El filtro que se encuentra entre el cerebro y la boca se le había roto muchos años atrás en un accidente verbal del cual nunca pudo salir con éxito. Siempre representaba un motivo de frustración para él no haber conseguido superarlo. Ese era su pretexto para divagar, pues el accidente le impedía llegar siempre al punto, teniendo que rodear una y otra vez para poder darse a entender.
Además, con el tiempo perdió el oido y la vista. El oido lo perdió un día que lo sobresaturó, le dijeron diez palabras y él intentó interpretar mil, así que su oido explotó. Algo parecido sucedió con su vista cuando sus ojos prejuiciosos "viboreaban" a una persona mal vestida, éstos saltaron de sus cuencas para poder ver a detalle a tal esperpento, pero no contaba con que el suelo estaba lleno de veneno que habían tirado sus colmillos mientras "viboreaba" a su presa, y con su propio veneno quedó ciego. No conforme con esto, dejó de hablar desde aquel momento, ya que no le apetecía hablar y no escucharse. Su mayor anhelo era recuperar su oido, para poder escucharse mientras hablaba:
-Me gustaría tener una segunda oportunidad, poder volver a ver y escuchar- Pensó Javier...
A la semana siguiente Javier despertó, aún sin abrir los párpados, se levantó y se dispuso a tomar un baño porque el día de su entrevista había llegado. Pero, al abrir la puerta de su cuarto que no tenía ninguna ventana, escuchó la perilla girar, así como la luz que se posaba en sus ojos. Abrió los párpados y pudo ver todo lo que se encontraba a su alrededor. Tanta fue su emoción que no quiso desperdiciar ni una sola palabra, ni escuchar demás, así que actuó como si sus deficiencias estuvieran aún presentes.
No habló en toda la mañana hasta que llegó la hora de su entrevista laboral:
-Buenas tardes señor Perea, estoy listo para la entrevista.- dijo Javier.
-Buenas tardes, muy bien, adelante.
-Gracias.- contestó Javier, haciendo un ademán que indicaba el camino hacia la oficina del señor Perea.
-Enhorabuena! Veo que ha recuperado su vista, su voz y su oido, Javier! No sabe cuánto me alegra!
-Así es.
-Bien, pase a mi oficina para comenzar la entrevista.
Una vez dentro de la oficina del señor Perea, Javier nota que, reposaba colgada en el muro principal una camisa rosa de cuadritos con adornos dorados. Los ojos de Javier casi saltan de sus cuencas, y sus colmillos excretaban veneno incesablemente, afortunadamente Javier tenía su boca cerrada. La entrevista iniciaba su curso.
-Tiene experiencia en ordenar piezas de ropa? - preguntó el señor Perea.
-Sí, antes de perder mis sentidos, solía ordenar la ropa de la tienda de mi mamá.
-Quiere decir que la última vez que lo hizo fue de niño?
Los oidos de Javier comenzaron a escuchar demás, empezaba a bloquearse, pero logró contolarse la primera vez:
-De niño me dijo usted? De niño nunca tuve problemas para doblar ropa, ni para acomodarla. Ahh! su pregunta fue que si la última vez que lo hice fue de niño? Sí, fue de niño.- Divagaba ligeramente Javier.
-Estaría dispuesto a acomodar la ropa en el turno de la mañana, señor Javier?
Ahora los ojos de Javier tenían control sobre él, apuntándose siempre hacia la horrible camisa rosa, con un pie fuera de sus cuencas, listos para saltar. Sus oidos seguían sobresaturándose, escuchando mil palabras por segundo cuando se le decían tres, un ritmo nunca antes alcanzado, divagaba intensamente.
-Dispuesto? Sí, completamente. A acomodar? Eso nunca me fue mencionado! yo vine a trabajar con la ropa, y resulta que usted quiere que acomode. Qué me va a poner a acomodar? Libros? Revistas? Así con mentiras yo no trabajo, y menos en la mañana que me cuesta tanto levantarme. Sabe qué? Su camisa rosa con verde es horrible, no sé ni para qué vine...
Se escuchó un pequeño estallido dentro del cuerpo de Javier. Sus cuerdas vocales tronaron y sus ojos quedaron bizcos, Javier había colapsado al intentar controlar sus sentidos. Intentó pronunciar una palabra, pero ningún esfuerzo era suficiente para que alguna nota saliera de su boca. El señor Perea notó que Javier no podía hablar más y sintió alivio.
-Bien, le agradezco mucho que haya asistido a esta entrevista. Le invito a mi oficina cuando tenga la habilidad de escuchar. Cuando me dijo que sí, el puesto era suyo, sin embargo, habló demás y cambié mi opinión. Le deseo muy buena tarde.
Recuperó su vista y oido, pero perdió su voz. Se dio cuenta que tenía que arreglar el problema del filtro antes de asistir a la entrvista (o de, incluso, poder hablar)... Muy tarde.