Una increíble tranquilidad inundaba la habitación mientras ella tomaba su rutinario descanso matutino, acompañado de su café negro y una serie de cigarros que complementaban su fuerte sabor. Intentaba poner su cabeza en orden para organizar su día que, según ella, sería como todos los demás: limpiar en la mañana, tomar su descanso, echarse a ver la televisión, hacer comida para su esposo, comer con él, ver telenovelas y, finalmente, leer. Pero en su cabeza solo vagaban las letras que había leído la noche anterior, aquel mar interminable de palabras que relataban, describían, engrandecían. Quería descubrir el final del interesante libro que estaba por terminar.
Escuchó un ruido en la puerta principal, su esposo había llegado, venía de cobrarles a sus deudores. No soportaba escuchar el fuerte tono de voz de su esposo cuando ella se encontraba navegando en el infinito de su mente. Se dirigió a la cocina para recibirlo.
-¡Ya llegué, Sara!- gritó Javier, acercándose. Ya en tono normal - ¿Qué va a haber de comer?
Ella en realidad se llamaba Renata, pero una vez tuvieron un problema marital muy fuerte y, desde entonces, Javier dijo que la llamaría del modo que a él le apeteciera.
-Carne de puerco con chile colorado- respondió Renata con tono de coraje reprimido.
Javier hizo un ademán de asentimiento, dio una ojeada al patio trasero, tomó el periódico, que estaba sobre la mesa, y se dirigió a su cuarto a leer las noticias. Renata siguió fantaseando sobre su libro mientras veía, a través de la ventana, cómo el viento acariciaba las hojas de los sauces de aquel tranquilo y templado mediodía.
Unos suaves golpes se escucharon en la puerta principal, pero no eran los acostumbrados golpeteos de los deudores que casi la derrumban, Renata volvió de nuevo de su fantasía y resultó algo intrigada por los discretos llamados a la puerta. No podrían ser su hija Leticia y su nieto Alberto que venían de la ciudad, ya que, ella siempre le avisaba unos días antes de ir a visitarle. Pensó que podría ser algún foráneo preguntando por una persona del pueblo o su desesperante vecina que siempre necesitaba “un vasito de agua”. Sin embargo, al llegar a la puerta, miró a través del vitral y se encontró con Leticia y Alberto. Emocionada, Renata, olvidó el coraje que le había dado con Javier, aún sin abrir, se volvió con él y le avisó que ahí estaba su hija. Fueron juntos hacia la puerta y abrieron.
Recibieron a Leticia y al pequeño Alberto con mucha emoción, abrazándolos fuertemente y notando el rápido crecimiento del infante de 7 años. Les dieron el pase. Recorrieron el pasillo, entraron por la segunda puerta a la izquierda, cruzaron la sala y se instalaron en la cocina. De ahí en adelante, todo fue un vaivén de preguntas y respuestas para que Javier y Renata se enteraran de las nuevas que traía Leticia de la ciudad, y viceversa.
Al paso de treinta minutos, se acercaba la hora de comida y, como de costumbre, Renata se dispuso a hacer comida para su esposo y los recién llegados.
-¡Que quede picoso el chile colorado, Sara!- remarcó Javier.
-¿Ahora se llama Sara, papá?- preguntó Leticia.
-Así es, mija- contestó.
-¡Válgame! Yo me había quedado en Adriana…
Mientras la comida estaba lista, Javier le comentaba a su hija Leticia sobre lo que él hacía, prestar dinero, además de regaños masivos. Por otro lado, Renata le preguntaba a su nieto Alberto acerca de su escuela, sus amigos.
Cuando la comida estuvo a punto, Renata puso la mesa y sirvió el suculento puerco con chile colorado, acompañado de su respectiva Coca –Cola. El momento fue ameno, y la sobremesa aún más. Todos tomaron una siesta después de la comida.
Javier despertó e invitó a su hija a que lo acompañara a cobrarles a sus deudores, ella aceptó y dejaron a Alberto con Renata.
Renata veía la televisión mientras, supuestamente, Alberto dormía. De momento, pudo escuchar los pasos de su nieto acercándose a donde ella estaba.
-¡Hola, Beto! ¿Dormiste a gusto?
-Sí, gracias, abuelita.
-Ven, siéntate en ese sillón, para que veas tú también la tele.
-Está bien- obedientemente, siguió las órdenes de su abuela y se sentó, teniendo una gran duda dentro de sí.
-Abuelita, ¿Por qué fumas?
-¿Qué?- preguntó, para confirmar que lo que creyó escuchar era lo correcto.
-¿Por qué fumas?- repitió, aferrándose a su duda.
-Porque, a veces, los adultos nos sentimos tensos y buscamos maneras de relajar la tensión, pero es algo que no deben hacer los niños bonitos como tú- contestó, sintiéndose dueña de la situación y pensando que con eso resolvería todas las dudas del niño.
-Pero yo no veo que mi mamá fume, abuelita. ¿Quiere decir que ella no se estresa?- preguntó Alberto.
-No, sí se estresa, pero ella utiliza otras formas para liberar su tensión. Ultimadamente, usted está muy chiquito para andarse preocupando por esas cosas, vea la tele.
-¿Qué otras formas usa mi abuelito para liberar su tensión?- insistía Alberto con las preguntas, no tomando en cuenta la respuesta de su abuelita.
-Tu abuelito acostumbra ir a su rancho cuando se pone tenso.
-Y, ¿Por qué no vas tú con él, abuelita?- preguntó Alberto.
Y así, las preguntas de Alberto parecían no tener fin, pero su abuelita recordaba lo que había leído la noche anterior en su libro. Aquello hacía alusión a una situación similar, donde las preguntas de un niño eran, finalmente, satisfechas con dinero para que el niño fuera a la tienda de la esquina y se entretuviera en algo. Renata tenía la costumbre de aplicar, en su propia vida, lo que leía en sus libros, siempre y cuando tuvieran resultados favorables en aquellas “sabias” historias. Ella lo seguía al pie de la letra.
Lo que había visto en el océano de palabras se refería a que el niño iba a reaccionar muy positivamente al recibir el dinero y, en el camino a la tienda, iba a olvidar su pregunta. Por lo que, decidió imitar la acción al pie de la letra una vez que se hubo cansado de las preguntas de su nieto.
A la décimo quinta pregunta, tomó su monedero, sacó tres monedas de dos pesos y mandó a su nieto a la tienda para que comprara lo que quisiera. Alberto tomó el dinero, se lo guardó en el bolsillo, formuló otras doce preguntas, -a las cuales Renata contestó de muy buena manera- se entretuvo viendo la televisión otro rato, hasta que se le antojó un dulce. Fue a la tienda, compró su dulce, volvió a la casa y comenzó de nuevo con las preguntas.
Esta vez, Renata no soportó más que dos preguntas, y se hartó. Confundida, no estaba segura de qué hacer, ya que su “truco” del dulce no había funcionado y no se acordaba de alguna otra solución propuesta en su valioso libro. Su estrés subió de tono al escuchar a su nieto formularle la tercera pregunta por segunda vez, a lo que ella preguntó:
-¿Nunca te callas, o qué?- explotó.
Alberto quedó decepcionado por tal reacción, tomó su dulce, se fue al patio trasero y se puso a jugar con una pelota que estaba ahí, no volvió a molestar a su abuelita en lo que quedaba de ese día, ni a hacerle ninguna pregunta innecesaria. Su abuelita extrañó sus preguntas.
Cuando cayó la noche, Renata tomó su libro y se dispuso a terminarlo. Una vez que hubo llegado al desenlace, también leyó la acción final del niño de la historia, el cual simplemente iba a la tienda, llegaba a la casa, se comía su dulce, le decía a su abuela lo grandiosa que era y se iba a jugar. Renata se percató de lo diferente que era un libro de la vida real, y de que cada persona tiene su propia forma de reaccionar y se prometió a sí misma no meterse tanto en las historias de sus libros. Cerró aquel libro al terminar la última página y lo guardó en su estante. Tomó y comenzó un nuevo libro…
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